La inteligencia artificial está transformando la forma en que aprenden y trabajan los jóvenes, pero no siempre de manera positiva. Un riesgo menos evidente que otros impactos tecnológicos está tomando forma: la emergencia de una generación capaz de criticar y corregir, pero incapaz de crear y ejecutar desde cero.
El fenómeno ocurre cuando personas —especialmente estudiantes— comienzan a usar herramientas de IA para revisar sus trabajos antes de haberlos completado por sus propios medios. En lugar de construir destrezas mediante el esfuerzo y el error, se apoyan en máquinas para validar o mejorar lo que producen. Con el tiempo, esta dependencia temprana erosiona la capacidad de hacer.
Lo preocupante es que este proceso es casi invisible. Mientras que la automatización de empleos genera titulares, la degradación silenciosa de habilidades de formación ocurre en las sombras. Un alumno puede obtener excelentes calificaciones porque su trabajo es corregido por IA, sin jamás haber aprendido a escribir correctamente por sí mismo.
Los educadores observan cómo este patrón interrumpe el ciclo natural del aprendizaje: proponer, intentar, fallar, comprender el fallo, intentar de nuevo. Cada paso es crucial para anclar el conocimiento. Cuando se salta directo a la revisión automática, se pierden lecciones valiosas que solo vienen del error.
Las implicancias trascienden lo académico. En el trabajo, un profesional que revisa bien pero no ejecuta bien se vuelve menos valioso. En términos de autoestima y desarrollo personal, la competencia genera confianza. Sin competencia real, solo hay ilusión.
Especialistas insisten en que no se trata de rechazar la IA, sino de usarla de manera consciente. La revisión con inteligencia artificial debería ser el paso final, no el primero. Antes, debe existir la construcción real de saber hacer.
Imagen: Rafael Minguet Delgado / Pexels – Con informacion de El Cronista






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