El gobierno indio enfrenta nuevamente un desafío mayúsculo en materia de seguridad alimentaria: los precios de la harina de soja se disparan en un país donde no se permite el cultivo de soja modificada genéticamente, poniendo en jaque la producción de proteína animal.
Los objetivos de autosuficiencia agroindustrial que persigue Nueva Delhi exhiben grietas profundas. La prohibición de organismos genéticamente modificados genera restricciones severas en el volumen de producción local, dejando al país sin herramientas para contener los aumentos de precios en el mercado.
El impacto es inmediato y transversal. La ganadería, pilar fundamental de la alimentación proteica india, requiere enormes volúmenes de harina de soja para la alimentación animal. Sin acceso a variedades transgénicas más productivas, la oferta local resulta insuficiente, lo que obliga a buscar soluciones en el mercado internacional donde los precios se comportan de manera volátil.
Este incremento en los costos de producción genera presiones inflacionarias en toda la cadena agroalimentaria. Productores ganaderos enfrentan márgenes más ajustados, y eventualmente los consumidores cargan con los efectos del encarecimiento.
El escenario actual no es novedoso para India. La reiteración de este tipo de crisis evidencia que la estrategia actual de restricción total a los transgénicos, sin acompañamiento de inversiones robustas en productividad local, no es sostenible a largo plazo. Los responsables de política agrícola enfrentan presión creciente para evaluar si mantener prohibiciones absolutas es compatible con objetivos realistas de seguridad alimentaria en una población de más de mil millones de habitantes.
Imagen: Devansh Bahuguna / Pexels – Con informacion de Bichos del Campo





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